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A cinco años de Londres 2012: El llanto de oro, ¿porque no se acostumbraron?

Por Daniel Montes de Oca | @montesdeoca11

El 11 de agosto de 2012 quedó marcado como el día en que el llanto fue la máxima expresión de felicidad. Los pretextos, el ‘ya merito’, el ‘jugamos como nunca y perdimos como siempre’ fueron sepultados.

México no pudo elegir mejor escenario para volverse inmortal y codearse con los dioses del Olimpo. En menos de dos horas, el Himno Nacional sonó dos veces en Wembley anunciando la gloria, anticipando la leyenda de 18 héroes vestidos de verde y teñidos de dorado.

Oribe Peralta le gritó al mundo que para dejar la medianía no existe mejor receta que el trabajo y la fe en uno mismo; Jesús Corona comprobó que levantarse de sus yerros tiene una recompensa imborrable; Héctor Herrera demostró que no hace falta ser brasileño para pisar el balón como mago; Marco Fabián aprendió que al talento hay que acompañarlo de sacrificio; y Luis Fernando Tena, el comandante de esta histórica agrupación, se ganó de forma sublime la credibilidad de un entorno que lo desacreditó una y otra vez.

Una frase excelsa dicta que “un momento de dicha es suficiente para una vida”; pues bien, estos jóvenes nos dieron de más. Las lágrimas involuntarias llenas de júbilo fueron un clímax incomparable. Un país se abrazó al éxito, no más a una esperanza siempre lejana en tiempos pasados.

Ellos creyeron y contagiaron; apostaron y arriesgaron; fueron fieles a un estilo ante el débil y el supremo; desafiaron con argumentos; se aventuraron escudados en un anhelo, y al final conquistaron sin dejar dudas de su triunfo.

Hace exactamente cinco años dejamos de ser espectadores de las hazañas del vecino o de los países lejanos; esa victoria tuvo un sentido de pertenencia que agrandó el pecho; los que estaban en el máximo escenario bajo la atenta mirada del mundo eran los nuestros.

“Se acabó el partido y empieza la fiesta. ¡Oro para México, oro para México! Oribe Peralta y los mexicanos levantan los brazos…”, relató Christian Martinoli llenándose la boca de gloria, mientras el resto hacíamos del llanto la máxima expresión de felicidad.